Sábado muy tarde en la noche, mientras Buenos Aires se vestía de gala adornada de luces y gente, ella me citó después de mucho tiempo sin verla, en un apartado pero pituco bar del bajo sobre la calle Viamonte.
La última vez que habíamos hablado fue en la “tertulia de las maldiciones”, suerte de reunión elegante donde se envidian entre ellas las hijas malditas del azar. Ustedes se preguntarán, ¿qué hacía yo ahí?... no tengo ni idea, nunca entendí bien cómo llegué a ese lugar. Pero estaba, y tan mal no me trataron. Martis, tan bella y pura, es la señora de las supersticiones, la mayor de todas las hijas, que en este último encuentro con ella, me esperaba en una mesa apartada fumando finos cigarrillos negros, imprimiendo la típica postal de una reina venida a menos.
Ni bien me senté a su lado, pidió una copa para que la acompañase. Sus manos, esta vez desgarbadas, tomaron las mías buscando consuelo.
- Te has adelantado, ¿qué te trae por este mundo Martis?, dije cuidadosamente.
-Ergo, amigo, tu eres la única persona que me entiende, hasta he llegado a quererte un poco, y es por eso que te he citado.
-Pero… ¿qué ocurre, en qué puedo ayudarte yo, que ni siquiera creo en los Martes trece?, continué, tratando de entender el motivo de la cita.
Martis soltó violentamente mis manos en un alarido furioso que hizo saltar la mesa, el bar, agitando finalmente las aguas del río. Ante mi sorpresa, nadie se inmutó, todo lo contrario, el bar seguía envuelto en su bullicio normal de sábado por la noche. Finalmente, sus ojos volvieron en sí y tomó mis manos nuevamente, con calma.
-Perdona Ergo, es que no debería estar aquí contigo, no es que tú debas ayudarme, sino que he venido a prevenirte.
-Continúa, dije algo interesado y con cierta sospecha.
-Mi padre se ha vuelto loco y ha amenazado con matarme si no cumplo bien mis funciones este martes. Tienes que huir Ergo, este Martes me luciré a mi mejor nivel, le haré el día imposible a cualquier ser humano que exista sobre esta tierra, no voy a dejar títere con cabeza, invertiré cualquier mejora, le cambiaré la suerte a todo el mundo; exclamó vigorosa reventando en un sin fin de ademanes dramáticos.
-¡Huye Ergo, ve a refugiarte desde ahora!, eres el único al que no quiero perjudicar. El martes 13 de Julio, Buenos Aires, y todo el mundo, va a estar envuelto en una nube negra de mala suerte… ¿entiendes?
-Sí, dije secamente.
-¿Y, que me dices?, indagó ansiosa.
- ¿Qué te digo?...¡Que me tenés harto Martis!, estoy podrido de que te emborraches y empieces a hablar huevadas, sé demasiado bien que no vas a hacer cosa semejante, que te aburrís como una ostra los martes 13 porque la mala suerte no se concentra en un solo día y avisa de antemano, sino que se las arregla para llegar en el momento menos indicado… ¡por favor!, ¡no me fastidies!, pensar que de no haber venido aquí estaría jugando al ajedrez conmigo mismo sobre la alfombra de mi casa, y no tendría que haber perdido el partido de hoy por abandono… ¡estás loca, Martis, estás loca!...
Me levanté de golpe y me fui del bar ante la mirada desconcertada de todos. Por alguna razón que aún no logro explicar, sentí que mientras me alejaba de esa locura, la gente aplaudía.
Es simple amigos, los martes trece son sólo supercherías, estupideces tales que hacen que Martis intente generar paranoia para sumar adeptos y no aburrirse con unos pocos.
Si de casualidad te ha pasado algo este martes 13 pasado, y quieres contarlo, no dudes en enviar un e-mail a ergodigital@hotmail.com, o bien deja un comentario en la página y serás plasmado en el prestigioso “Cuaderno de Comunicaciones”.
Por último, quiero agradecer infinitamente a todos los amigos que han votado en la exactísima encuesta “Opiná cómo escribe Ergo", en un tiempo no muy lejano, mi amigo Ismael Salusi, analizará los resultados.
miércoles, julio 14, 2004
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


1 comentarios:
No, no me ha pasado nada. Cuando era más chico llegué a creer un poco en esas cosas, porque un martes trece la pasé mal, pero como a medida que pasaban y no me pasó nada malo nunca más, al ir creciendo esa teoría es el simple resultado de gente que por tener cierta predisposición a que le pasen cosas malas, tiende a echarle la culpa a un externo al no querer demostrar su incapacidad o su torpeza. Creer en eso de niño alguna vez fue una torpeza, así que al igual que tú, son tonterías las supersticiones. Para variar, si bien mucha gente ha dejado la religión, los que creen en este tipo de ridiculeces no sé que cara tienen para criticar a aquellos que creen en dios ya que creen en algo casi igual de absurdo.
bien, ese es mi comentario ergo. Tenés razón
Publicar un comentario en la entrada