Imaginémonos a fines de los sesenta. Es un día diáfano, y caminamos hacia el mercado, orgullosos de llevar un pantalón que da que hablar, y una camisa que de tantas rayas, marea. Abrimos la cortina de cintas de plástico y descubrimos que junto a los paquetes de arroz y la polenta, una lata pequeña que tiene el aspecto de una conserva importada nos llama a gritos. Imposible resistirse a la vanguardia.
— Quiero esa lata —decimos, señalándola con el índice.
A pesar de que hay gente adelante nuestro, el dueño del lugar deja todo y nos atiende. Nos pide que repitamos el pedido. Lo hacemos y el señor nos mira por encima de sus gafas, mientras arquea las cejas. Tiene la piel muy blanca, los ojos tan celestes como el cielo del Mediterráneo y entradas que recuerdan a la pista de Aeroparque.
— ¿Está seguro? —pregunta. Su mirada es desconfiada.
— El dinero no es problema —decimos, en un tono que hace pensar que leímos todas las novelas negras que cayeron a nuestras manos.
El señor alza los hombros, se trepa a una banqueta y toma la lata. A medida que la vemos acercarse a nuestra mano derecha, la ansiedad crece. Por fin, leemos en la etiqueta: “Merde d’Artiste, contenu net gr. 30, conservée au natural, produite et mise en boite au mois de mai 1961”. No entendemos ni jota de francés, pero nuestra cara es hábil y no lo demuestra. Aprobamos con un movimiento de cabeza y pagamos. El gesto del señor mientras recibe el dinero es dudoso: está contento porque hizo un buen negocio, o porque al fin se deshizo de la lata. ¿Importa?: no.

Atravesamos triunfantes la puerta del mercado y la calle ya no es la misma; el mundo tampoco. Ahora somos vanguardia, podemos decirle a cualquiera que se cruce por nuestro camino que en nuestra mesa hay conservas francesas. Apuramos el paso, pensando: hay que llamar a todos.
Planeamos una cena en casa en la que están invitados todos aquellos que, alguna vez, tuvieron el tupé de decir que éramos un paria, un bohemio de cotillón que se va a dormir a la una de la mañana, y tantas otras cosas…Ya verán. La puntualidad no es una caracterísitica de la gente que “curte” estas latitudes; el snob siempre llega algunos minutos después, sólo para hacerse notar. De modo que esperamos una hora y media, hasta que el timbre suena y abrimos la puerta. Gracias a todos por venir, pasen y ponganse cómodos, enseguida estoy con ustedes, tengo algo que es lo último de lo último, algo que va a revolucionar la forma de comer en Buenos Aires. Hay aperitivos de todo tipo, sirvansé lo que gusten; ahí están los vinilos y allá el tocadiscos, no escatimen con el volumen: tirá para arriba, tirá (fijensé cómo me adelanto a las épocas).
Dejamos que la gente entre en clima y, una hora después, cuando nadie ya aguanta el suspenso o las ganas de saber para qué vinieron, nos aparecemos con la lata y la colocamos en el centro de la mesa. Todos se acercan; la observan atónitos como si se tratase del santo grial, y nadie se anima a tocar el envase.
Hacemos un gesto y la música se apaga. Silencio. Tomamos el abrelatas y lo elevamos por encima de la cabeza como si necesitase bendición divina. Lo incrustamos en el grandioso metal importado y escuchamos una risa burlóna, casi contenida... Así no podemos seguir.
—¿Y ese quién es? —preguntamos indignados.
El que está a nuestro lado nos contesta.
—Un tano amigo que vino al país a vender algo de arte en los lugares que no son los habituales; muy vanguardia.
—¿Y por qué se ríe?
—Le debe causar gracia el abrelatas, no es muy de vanguardia.
Sorprendidos, observamos el utencillo. Tiene razón, no habíamos reparado en ese detalle.
—Todo no se puede —decimos mientras levantamos los hombros y, con una seña, indicamos que vuelvan a poner la música.
Abrimos finalmente la lata y lo primero que se vislumbra de su interior, no se puede ver, ni tocar. Un hedor concentrado, propio de las factorías de pescado de los puertos escandinavos cae como nieve sobre el living, y nadie puede evitar taparse su naricita. Menos nosotros, claro; aquí no pasó nada, este aroma es totalmente normal.
Con lágrimas en los ojos tomamos un canapé y le untamos lo que parece ser una pasta marrón, de consistencia densa y repleta de grumos.
—La vanguardia, es así—decimos y nos llevamos el moderno bocado a la boca, mientras un tal Carlos Alberto García Moreno anota lo que acabamos de decir.
Tragamos con dificultad pero con una teatralidad digna de Broadway; nada hace notar que la pasta pica en el paladar y que podemos percibir su tránsito lento por el esófago.
Levantamos la vista. Los gestos de nuestros invitados son tan distintos que cuesta describirlos: algunos son de asco (no entienden nada) y otros de burla (envidia pura).
El living se convierte en un barullo insoportable de risas. Después de haber sido señalados por más o menos cuarenta dedos índice, observamos cómo los invitados nos van dejando. Otra derrota en nuestro intento por ser parte de la pomada.
El silencio de la casa sólo es quebrado por la voz raspada de Janis Choplin, pero son los últimos compases de Summertime y, en seguida, el silencio es total. Excepto por la misma risa contenida del tano, que sale de el rincón en el que había estado observando todo y se acerca.
— Y vos, ¿quién sos? —preguntamos.
— Luca Manzoni.
Sonreímos sin saber por qué lo hacemos; no hay nada de que alegrarse.
— Por un momento pensé que te llamabas Piero Manzoni —decimos sin reparar de dónde habíamos sacado esa idea, y agregamos—. Hubiese sido un buen final, ¿no?
El tanto asiente con la cabeza y se va; sin abandonar esa sonrisa burlona y contenida. El sonido del portazo nos dispara una pregunta en la mente: ¿deberíamos haber estudiado francés?

He aquí al tano con esa risa burlona, casi contenida. Me envió la foto al día siguiente y me dijo que ahora lo conocen como
Piero Manzoni, artista.
Fijensé lo que tiene en su mano derecha... Así es, él también compró la conserva importada. Gracias Piero, por tan sentido homenaje; gracias a vos, somos vanguardia.