Ergo y las peripecias del Sr. Otoño
Señor otoño, compadre: la con… ¡EPA!, no Ergo, no tenés que caer en la puteada chabacana, debe haber otra forma. Pido disculpas. Amigos, empecé mal, lo reconozco, pero ocurre que estoy indignado. Vamos de nuevo. Caminaba yo, como un Quijote posmoderno por las callecitas de Buenos Aires que tienen ese que sé yo, ¿viste?; temprano en la mañana bajo un sol tímido que apenas calentaba mi ropaje, y se abría paso fácilmente entre los árboles, que extendían sus ramas desnudas hacia el cielo como si quisiesen tocarlo. Bajo mis pies, una alfombra de hojas muertas cubría la vereda como si por descuido alguien las hubiese dejado caer la noche anterior. Respiré el aire fresco mientras seguía caminando y pensé: que buen día, es tan lindo el otoño, esas hojas amarillentas escondiendo la tristeza gris del cemento, dan a la calle la calidez que el frío no puede dar a nuestros cuerpos. ¡Pero no solo el cemento escondían las muy turras!, ni bien di mi siguiente paso, oculto bajo la onírica alfombra de hojas muertas, un majestuoso regalo canino me emboscó y se esparció por toda la suela de mi zapato derecho, como manteca. Quedé patitieso unos instantes, parado únicamente sobre mi pie izquierdo. Todo mi pensamiento sobre la belleza de aquella mañana, había sido corrompido y derrumbado por los residuos de lo que, tal vez, hubiese sido un gran banquete: porque al menos me habré topado con tres cuartos kilo de excremento fresco. En ese preciso momento de rigor, la voz de Joan Manuel Serrat retumbó en mi mente, y me dijo: “recuerda que pisar mierda trae buena suerte”. No me conformó, nada me conformaba, ¡de no ser por esta estación del or… (¿Otra vez?)… yo no tendría la SUERTE de tener que estar limpiando mi zapato en la zanja!
En fin, luego de los eternos quince minutos que tardé en sacar la hedionda sustancia de mi zapato: usando el agua de la ya dicha zanja, el cordón de la vereda, la página de fúnebres de Clarín, y por último, el verde pastito de un cantero; decidí seguir mi camino y me alejé, luciendo mi peor cara, ante la mirada risueña de unos simpáticos niños que estaban en la misma vereda del hecho. Y que ¡oh! casualidad, tenían en su poder a un enorme ovejero alemán adulto, al cuál todos acariciaban y felicitaban como si hubiese logrado alguna hazaña importante.
Señor otoño: ¿es esta la manera de tratarme?, a mí, que siempre he admirado la belleza de su estación…
Amigos: la conclusión es ambigua. Por un lado, les puedo recomendar no admirar demasiado al otoño, al parecer no le gustan las adulaciones. Y finalmente, dentro de un marco más racional, fíjense por favor por donde caminan, sobre todo, en esta época del año. Porque de última, yo la saqué más o menos barata, pero vaya a saber uno qué otras cosas se esconden bajo la onírica alfombra de hojas muertas que gobiernan la mayoría de la veredas.
Si quieren contarme algún chisme u opinar sobre las peripecias del señor otoño, el legendario “Cuaderno de Comunicaciones” está siempre listo para recibir comentarios a: ergodigital@hotmail.com
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2 comentarios:
Aguante el otoño y sus peripecias
Aguante el otoño vieja!!!
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