Colgué mi cabeza como un cuadro y Carachata, Blanquito y Dorado eran mis espectadores. Ellos son peces y nada entienden de cuadros y de arte. Pero su ignorancia o su falta de cultura plástica, no se notó: mi cabeza estaba colgada como un cuadro, pero no era una obra de arte.
Me detuve a mirarlos. Los contemplé por largo rato y recordé la vez que llegué a la casa de mi amigo Ismael Salusi, filósofo del flan y la gelatina sin sabor. Era una tarde y faltaban pocos días para el verano. Lo encontré sumergiendo la cabeza en una pecera; igualita a la de Carachata, Blanquito y Dorado.
— ¿Qué hace?, Ismael —pregunté, y me senté frente a la pecera. Salusi, que ya tenía el cuello bajo el agua, guiñó el ojo izquierdo.
— ¿Es un nuevo método contra la elevada temperatura que nos brinda este maravilloso calentamiento global? —arriesgué.
— Nada de eso — dijo Salusi y una docena de burbujas se escaparon de su boca; tuve que esforzarme para entender cada palabra. Cerró con fuerza los párpados y, cuando los abrió, agregó —. Este es el modo en que nacen las mejores ideas. Espere unos minutos y se dará cuenta de lo que le hablo.
Esperé. Fueron un poco menos de diez minutos. Cuando comenzaba a preocuparme por mi amigo (nadie puede aguantar tanto sin respirar), noté que pequeñas burbujas naranjas salían de sus orejas, atravesaban el agua y quedaban flotando en el aire a pocos centímetros de la pecera. Salusi levantó la cabeza con un movimiento rápido y tomó una gran bocanada de aire. Se acomodó distraídamente el pelo y nos miramos fijo unos segundos. Entre nosotros, las burbujas naranjas seguían flotando inmóviles. Salusi buscó en el bolsillo izquierdo del pantalón y en su mano apareció una bolsita de red. Capturó sin esfuerzo una a una las burbujas, hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y se perdió tras una puerta, hacia alguna parte de la casa. Nunca supe de qué se trataban esas ideas, pero debieron ser muy importantes: Salusi volvió a salir a la calle después de nueve días de encierro creador. Carachata, Blanquito y Dorado navegaban dentro de su pequeño mundo. Tuve la intención, pero no quise molestarlos. Sumergir mi cabeza en su pecera les hubiera causado un enorme trastorno.

Así Salusi se veía a través de una de las burbujas naranjas.

