
Me cebé despacio un amargo y lo tomé en segundos; mi paladar se prendió fuego de inmediato. Abrí la puertita de Internet aún con el ardor en la boca y me adentré en el recomendable Blog Corno Peludo! Leí lo siguiente: “…nos habían comentado que los pitufos (no los de la tv sino los de la ropa, los vasos, las mochilas, cuadernos, autoadhesivas, etc,) estaban cobrando vida con la finalidad de matar niños. Y en la forma más sangrienta posible.” Quise persignarme, pero me di cuenta que no era mi estilo. Se trataba de la “Corno-solicitada Pitufa N° 1” publicada por la glamorosa Lady CP. El teléfono estalló en un ring de ultratumba: ¿por qué no existen ring-tongs alegres para teléfonos fijos?, pensé. Qué importa, ese era otro tema. Levanté el tubo con cautela, como si fuese la manija de la pava hirviendo.
- Ergo, muñeco— dijo un voz.
Contuve el aliento. Era Lucas Tómbola, famoso ladrón multiuso de guante rojo. Me las tuve que ver con él hace algunos años, en un bar de Corrientes y Carlos Pellegrini; por suerte en aquel momento contaba con la ayuda del gran Ismael Salusi, un filósofo sin pedigree, pero con mucho handicap.
- Sí, el mismo que viste y…—iba a decir “calza”, pero me di cuenta que no llevaba mis pantuflas y que mis deditos se movían como gusanitos sobre el parquet.
-¿Leíste?— preguntó Tómbola.
-No mucho, estaba en eso—dije algo molesto.
-Sé de quién se trata.
-¿De quién se trata qué?—muy pocas cosas podían ponerme de mal humor, una era hablar con Tómbola.
-Del Pitufo asesino, muñeco. ¿De quién va a ser?
Hice dos segundos de silencio, en realidad fueron cinco, pero no quiero que se haga muy largo.
-No me digas que creés en esa bobera del rumor—dije casi indignado —me extraña, un tipo duro como vos fijándose en las tonteras de los niños.
-Lo dijo Lady CP, muñeco, date cuenta y bajá de la torta.
Apagué el cigarrillo. Otra de las cosas que me ponían de mal humor eran las burlas de Tómbola.
-Bueno, está bien—dije, con el mismo tono que usa un nieto cuando accede a escuchar los tristes delirios del abuelo con alzheimer— contáme.
-No puedo, lo tenés que averiguar solito, mi voz no tiene que hacerse pública. Lo único que te voy a decir es que no todos los Pitufos están involucrados, el asesino está entre: “Pitufo Fortachón”, “Pitufo Bromista”, “Pitufo Filósofo”, “Pitufo Vanidoso” y “Pitufo Goloso”.
-¿Desde cuando te interesan estos simpáticos enanitos?
-Mirá que sos bobalicón—dijo Tómbola, se aclaró su garganta delictiva y agregó— hace años que presido la A.I.M (Asociación de Maleantes), mi deber me impide permitir que no se valore el trabajo de uno de mis grandes socios y se adjudique su gran obra a todos los enanos azules de gorros blancos.
-¿La i qué significa?
-Y ¿qué?
-¡Buéh!, ¿me dijiste que eras presidente?...
-Apuráte, muñeco. Tenés una hora. En caso que no aclares las cosas te vamos a ir a buscar al rancho y olvidáte de que quede algo sano.
-Pero…
No pude decir nada más, Tómbola había colgado: estaba en aprietos. Recordé instantáneamente cómo este tipo siniestro había matado de un golpe a su cómplice en aquella partida de truco que disputamos en el bar de Carlos Pellegrini y Corrientes. En cada mano me jugué la vida junto a mi amigo Salusi.
Me puse a investigar y aquí estoy, tratando de aclarar las cosas a contrarreloj; sepan disculpar si encuentran algunos errores en lo que sigue, pero este caso es especial. Vamos a ver: Lady CP decía que la historia sobre los Pitufos asesinos la había contado una cocinera de su colegio primario. Esta mujer experta en el arte culinario, aseguraba que había encontrado a su hijo desangrado en la bañera, junto a los restos de un vaso de vidrio que tenía impresa la imagen de un Pitufo.
-Mmmm…—murmuré rascándome el mentón.
Lejos de pensar una razón lógica sobre la tragedia, la cocinera no tuvo mejor idea que atribuir la muerte a los muchachitos azules. Pensando seguramente que todos los niños del mundo estaban en peligro, arrojó su historia al viento. Saqué un mazo de hipótesis y comencé a barajar algunas de ellas. Muchas cosas no estaban claras.
-Mmmm…—murmuré nuevamente; noté que mi mentón se había enrojecido.
Necesitaba una señal. Busqué a mí alrededor y nada. Un absoluto silencio me envolvía, interrumpido a veces por el sonido de las gotas que se tiraban desde la canilla de la cocina y morían en la pileta; basta de muertes, tenía que cambiar el cuerito.
-Mmmm…—murmuré otra vez y dejé de rascarme al descubrir restos de piel en mis uñas.
Até mis manos a la silla y me dispuse a ordenar la información. La intervención de Tómbola confirmaba que el rumor podía ser cierto. Pero, ¿quién era el Pitufo asesino que había cobrado vida de aquel vaso del terror? Había que descartar posibilidades. El “Pitufo Filósofo” no podía ser, su único interés era lograr la sabiduría necesaria para superar a “Papá Pitufo” y estaba muy ocupado en cultivar su mente. Uno menos.
El “Pitufo Goloso” me despertaba algunas sospechas: era extraño que su adicción por lo comestible ni siquiera lograba hacerlo engordar un gramo. Sin embargo jamás empezaría una seguidilla de asesinatos atacando al hijo de alguien de su mismo rubro. Aunque no estaríamos en un error si la carne de infante resultase un ingrediente vital en sus recetas. No seas bobeta Ergo, sólo las brujas comen niños. Dos menos.
Al “Pitufo Vanidoso” lo deseché de inmediato: en su cabeza no cabía nada más que el amor propio. No soportaría ensuciar sus lindas manitas azules con el vulgar rojo de la sangre. Tres menos.
¿Qué pasa con el “Pitufo Fortachón”?, evidentemente tenía suficiente fuerza y estado atlético como para cometer cualquier tipo de delito. Pero con ese criterio, deberíamos cerrar todos los gimnasios y enjaular a nuestros más desarrollados adonis. Me encontraba copado por la duda, pasemos al siguiente: “Pitufo Bromista”. Es muy raro que un tipo con humor sea capaz de matar a una persona. Bueno, ya es raro que un Pitufo cualquiera mate a una persona; en fin. A pesar del buen humor, era muy sospechoso que sus bromas siempre se traten de un regalo explosivo. Eso es sumamente peligroso.
-Mmmm…—murmuré, pero por suerte no pude rascarme.
Me quedé pensando en éste Pitufo jodón, hasta que me detuve nuevamente a analizar al fortachón. Se hizo la luz: ¡éste Pitufo deportista quedaba descartado!; se la pasaba todo el día entrenando sus músculos y no tenía tiempo para el crimen. ¡Eureka!, el bromista era el culpable. Su pequeña mente no podía soportar la frustración que sentía cuando sus bromas no lograban su cometido, es sabido que nunca logró matar a nadie con un regalo explosivo. ¡Elemental, mi querido Watson! Se caía de maduro que éste Pitufo tenía su instinto asesino insatisfecho. Ahora bien, ¿por qué nunca se las agarró con los habitantes de su aldea en lugar de atacar a nuestros pobres e inocentes niños? Mi hipótesis es que odiaba a los televidentes, sabía que todos lo considerábamos lisa y llanamente más tonto que “Pitufo Tontín”.
Miré mi reloj, habían pasado cincuenta y nueve minutos: el rancho estaba salvado y el rumor que había despertado Lady CP, podía descansar en paz.
Si alguien tiene comentarios o dudas sobre la culpabilidad de “Pitufo Bromista”, puede explayarse libremente justo debajo de estas líneas o a ergodigital@hotmail.com. Si otros tienen dudas, comentarios o testimonios sobre la veracidad de esta historia de criminales azules; también. Pero a su vez pueden contarle su historia a Lady CP y participar de la Corno-solicitada Pitufa N° 1, entrá a su Blog haciendo clic aquí.
...y tan buenito y azul que parecía.

