Amigos, he aquí el primer “Lea que lindo, señora” del año. Esto es sólo un capricho del almanaque, pero suena interesante (esta es la parte donde dicen: ¡oooohhh!). En fin, en su emisión número 8, me complazco en presentar al amigo Gabriel Moreno. Dejá, el pasaje te lo invito yo…¡A ver si nos corremos un pasito pa´ el fondo!
Entre Flores y Palomar
Mi vida era un tren de nada hacia ninguna parte, pero el día en que ella subió y sacó boleto a la altura de Flores, el tren descarriló.
Mientras la gente se apelotonaba y mezclaba asquerosamente sus sudores, ella, en la miniatura de mi espejito, sacaba lentamente un mechón de pelo de sus ojos y lo escondía detrás de su oreja con la delicadeza de una ninfa. Impecable, así estaba, una gota de color sobre la densa masa gris de pasajeros.
Uno a uno se fueron bajando, y a la altura de Palomar, al fin, quedamos sólo ella y yo. Instintivamente reduje la velocidad del viaje, para darle tiempo a mi valor, mientras ella seguía perdida en el bizarro paisaje proyectado más allá de la ventanilla. Yo, cobarde, cobarde sin remedio, al volante de la bestia que siempre aborrecí, no me animé a detenerme y me conformé con la imagen chata del espejo.Al igual que un ángel, visión divina que no tardaría en esfumarse, se acercó hacia mí, y antes de bajar por la misma puerta por donde había subido, inmediatamente me regaló esa sonrisa que hoy sigo recordando. Ante el espectáculo, sin que atinase a emitir vocablo alguno, su dedo divino me señaló el maldito cartel, callándome para siempre: “Prohibido conversar con el conductor”.
Mientras la gente se apelotonaba y mezclaba asquerosamente sus sudores, ella, en la miniatura de mi espejito, sacaba lentamente un mechón de pelo de sus ojos y lo escondía detrás de su oreja con la delicadeza de una ninfa. Impecable, así estaba, una gota de color sobre la densa masa gris de pasajeros.
Uno a uno se fueron bajando, y a la altura de Palomar, al fin, quedamos sólo ella y yo. Instintivamente reduje la velocidad del viaje, para darle tiempo a mi valor, mientras ella seguía perdida en el bizarro paisaje proyectado más allá de la ventanilla. Yo, cobarde, cobarde sin remedio, al volante de la bestia que siempre aborrecí, no me animé a detenerme y me conformé con la imagen chata del espejo.Al igual que un ángel, visión divina que no tardaría en esfumarse, se acercó hacia mí, y antes de bajar por la misma puerta por donde había subido, inmediatamente me regaló esa sonrisa que hoy sigo recordando. Ante el espectáculo, sin que atinase a emitir vocablo alguno, su dedo divino me señaló el maldito cartel, callándome para siempre: “Prohibido conversar con el conductor”.
Gabriel Moreno
Como digo siempre, si querés estar en la estantería de “Lea que lindo, señora”, sólo tenés que juntar ese texto breve que guardaste por ahí, desempolválo y enviálo a ergodigital@hotmail.com
Próximamente, podrás votar al que te parece el mejor de estos 8 "Lea que lindo, señora" que han pasado por este rancho. El afortunado que más votos reciba, será digno ganador de la medalla dorada y algo más que está por verse. Sé paciente, en breve recibirás noticias por e-mail.
¿No te llegan los e-mails chicharra “Gente linda y soñadora” que alertan sobre una nueva publicación en el rancho?, derrotá la timidez y mandá un e-mail a la dirección del párrafo anterior y subscribíte al Club de los Ergolitos.

